lunes, 8 de diciembre de 2008

LUCHAS Y PASIONES: EL SIGLO XXI SUENA CON TAMBORES

LUCHAS Y PASIONES: El siglo XXI suena con tambores

El historiador cubano Manuel Moreno Fraginals recuerda una frase que resume en muchos sentidos el clima de asfixia y pasión en el que se desarrolla la cultura africana en nuestro continente: "El problema aquí es no morirse". Signada por la urgencia más extrema, golpeada por la violencia física y psicológica de la esclavitud, la comunidad negra hizo de la expresión musical un espacio de supervivencia moral desde su establecimiento en América. Un espacio que se convertiría, entrado el siglo XX, en el más potente y variado abanico de manifestaciones musicales del mundo: el blues, el jazz y el rock and roll en Estados Unidos; la zamba en Brasil; el son, el mambo y el guaguancó en Cuba; el merengue en República Dominicana; el candombe en Uruguay, etcétera.

¿Cómo fue la cosa entre nosotros? Para el maestro Octavio Santa Cruz, guitarrista y especialista en tradiciones musicales del Perú, lo que hoy llamamos música afroperuana tiene una presencia real desde la Colonia, pero es una presencia ambivalente. "Conforme la noción de lo criollo va ampliándose y reconfigurándose en la sociedad, la cultura negra empieza también a transformarse y a introducirse como un elemento importante en ese complejo proceso de mestizaje".

Según Santa Cruz esa ambivalencia se sostiene en el aspecto social: la población negra, marcada por la marginalidad de un estatus inferior, ve cómo su acervo cultural impregna al país sin poder sentirse parte del fenómeno.

Igual que en el caso del blues estadounidense, la génesis de la música afroperuana está en el campo, en las largas y tortuosas jornadas de trabajo. Santa Cruz explica que esas expresiones musicales originarias surgieron de modo absolutamente espontáneo, como una forma de marcar el ritmo en la actividad laboral --el corte de la caña, por ejemplo-- y de aligerar la monotonía y el malestar del trabajo forzado.

"También es probable que haya habido una serie de cantos más dramáticos, en los que se hacían explícitas la tristeza y la opresión. Cantos improvisados en el galpón, a espaldas de los capataces". Nada de esos cantos ha sobrevivido hasta nuestros días seguramente porque eran vistos como propulsores de subversión y, en consecuencia, censurados, prohibidos.

Santa Cruz pone el ejemplo del panalivio. "Al parecer el panalivio era un canto rebelde, muy intenso, fuerte, y sin embargo lo que ha llegado hasta nosotros es un tipo de tonada dulzona, cadenciosa. Yo imagino que ha sufrido todo un proceso de transformación para subsistir, y probablemente por eso se parezca poco al original".

Pero la censura no respondió solo a una estrategia práctica de represión. Con el tiempo fueron apareciendo una serie de reparos y trabas de orden moral. A mediados del siglo XIX algunos bailes de innegable carga sensual, como la zamacueca o la mozamala, empezaron a introducirse en la sociedad criolla, pero generaron situaciones complicadas, pues se tachó de 'pecaminoso' a todo aquel que los practicaba.

A inicios del siglo XXI vemos que el mestizaje ha sido inevitable. Y ciertamente provechoso. Como dice Luis Delgado Aparicio en el libro "Lo africano en la cultura criolla": Hemos vivido "el triunfo cosmopolita y universal del tambor". Pero también se ha perdido mucha información cultural valiosísima: géneros musicales enteros han desaparecido, víctimas de esa vieja cadena de censuras, o de indiferencia y desidia.

En los últimos treinta años la cultura afroperuana se ha visto revalorada en gran medida por la magnífica obra de los hermanos Nicomedes y Victoria Santa Cruz, y hoy la comunidad negra no solo brega desde los territorios de la creación musical y artística sino también desde la reflexión académica y la intervención política. Y la lucha continúa. (D.O.)

El Dominical. El Comercio

Domingo 16 de noviembre del 2008

Jorge Paredes