jueves, 27 de septiembre de 2012

BENEDICTA DE LA COLINA ORELLANA…. una mujer de temple


BENEDICTA DE LA COLINA ORELLANA…. una mujer de temple

Cada cuatro de junio, el pueblo afroperuano luce sus mejores galas para celebrar el Día de la Cultura Afroperuana en el que se recuerda el nacimiento de Nicomedes Santa Cruz, el literato que iluminó las décimas, cumananas, poesía y música peruana.  Ese día también recordamos a quienes con esfuerzo, talento e incluso sus vidas, como Catalina Buendía de Pecho (heroína de la Guerra del Pacífico), María  Elena Moyano Delgado (heroína del combate contra el terrorismo) y Benedicta de la Colina Orellana (gestora de la jornada de ocho horas de trabajo en el sur), entre otros, hombres y mujeres anónimos que construyeron las bases para que sus descendientes y las nuevas generaciones de peruanos tengan una vida mejor.

Poco se sabe sobre Benedicta de la Colina. Nadie ha escrito un poema, erigido un monumento, pintado su imagen en un lienzo ni hay un colegio con su nombre, pero hay adultos mayores que la recuerdan y no falta quien asegura que algunas tardes, bajo el reverberante sol cañetano, ha visto su alucinada figura de mediana estatura, contextura gruesa y cabellos ensortijados, caminando entre los algodonales de San Luis de Cañete.

SALVADA POR UNA BALA

Gilda, la cuarta de los nueve hijos que tuvo Benedicta, no recuerda la fecha, sólo que era medio día y que tenía ocho años cuando estuvo a punto de quedarse sin mamá. Salía de la escuela y al llegar a su casa halló en la puerta un hacha grande y filuda. Al verla Benedicta,  presa de estremecimiento, temblaba y lloraba. Recién veía el arma y tomaba conciencia de haber repelido a la muerte. Han pasado 78 años pero Gilda aún se estremece al contarlo. Una bala disparada a tiempo y con precisión salvó a su madre. Los campesinos  y jornaleros enterados de la amenaza contra Benedicta, pensaron lo peor cuando oyeron el ruido del disparo. Por eso cuando la vieron salir con su canasta repleta de sandwiches, dulces, “colados” y refrescos que vendía para sobrevivir, creyeron que se trataba de un fantasma, tuvieron que escuchar su voz firme y decidida como de costumbre: “no podemos dejarnos amedrentar. Es tiempo de cosecha, nos necesitan pero ¿hasta cuándo vamos a seguir mendigando justicia?...” Ése fue el preámbulo al desenlace del más contundente paro agrario que hubo en Cañete en la década del 40, mediante el cual los trabajadores cañetanos consiguieron que la jornada de trabajo se ajuste a las 8 horas y que el jornal diario suba de 80 centavos a un sol veinte diarios.  

NACIDA LIBRE

Benedicta de la Colina Orellana vivió sus últimos años en el Callejón de la Confianza (Barrios Altos), llamado así porque durante la Guerra del Pacífico, fue un bastión de la resistencia de donde -cuentan- no salía con vida ningún soldado chileno.

Postrada en su silla de ruedas a causa de una hemiplejia producida por la hipertensión arterial que padecía desde joven, Benedicta se la pasaba dictando “cátedra” de cocina y repostería cañetana a los vecinos; contando historias de su agitada vida a sus hijos y nietos, o canturreando temas que había oído cantar a “Shila”, su hermana mayor, madre de Ronaldo Campos y vocalista en la época auroral de “Perú Negro”.

Beneda, como la llamaban sus paisanos, nació libre en 1897. Años antes Ramón Castilla había decretado la abolición de la esclavitud y el tributo indígena, pero la ley tardó tanto en pasar del papel a la acción que cuando Benedicta cumplió 20 años, en varias haciendas de Lima y provincias continuaban las prácticas esclavistas y cuando en 1930, el piurano Luis Miguel Sánchez Cerro se levantó en armas poniendo fin al “oncenio” de Leguía,  muchos empleadores y hacendados desconocían la ley que promulgó en 1919 José Pardo la cual limitaba a ocho horas la jornada laboral de todos los trabajadores sin distinción.

En una hacienda de San Luis, el poblado más antiguo del valle de Cañete, la gente trabajaba por 80 centavos hasta 16 horas al día. Benedicta se reveló ante tal explotación y decidida a cambiar esa realidad se unió al movimiento revolucionario de Sánchez Cerro que ofrecía mejoras en  el campo laboral y social.

UN AFRO EN PALACIO

Los afroperuanos de todo el país, recibieron con júbilo la presencia de Luis Miguel Sánchez Cerro en el gobierno porque veían en él a uno de los suyos ya que se decía que era descendiente de esclavos negros de Madagascar, sus adversarios lo llamaban despectivamente “El Manganche”, porque había crecido en la llamada “Manganchería” piurana, un barrio poblado por negros, lo que no impidió que regresara con honores, como subteniente de infantería de la Escuela Militar de Chorrillos.

Idolatrado por artesanos, desempleados y comerciantes, sobre todo mujeres, Sánchez Cerro fundó la Unión Revolucionaria, partido cuyo lema era “el Perú sobre todo” y al que, de inmediato, se unió Benedicta de la Colina convirtiéndose en su más dinámica activista.

Sánchez Cerro no los defraudó: concedió a los trabajadores descanso remunerado por el día del trabajo (1 de mayo); horario de verano para obreros y empleados; vacaciones para los obreros; amplió la legislación a favor de los indígenas, para evitar las migraciones a las ciudades, puso especial atención a las necesidades de los pueblos e impulsó la construcción de restaurantes populares y proyectos de colonización gradual de la selva.  

SÁNCHEZ CERRO SALVÓ SU VIDA

La labor proselitista de Benedicta -quien había logrado convertirse en líder natural del campesinado que acataba con respeto sus arengas sobre los derechos de los trabajadores- sacó de sus cabales a muchos hacendados de Cañete -acostumbrados a obtener trabajo gratis o por casi nada-, al punto de pretender eliminarla.

Informada por su amiga, empleada de la hacienda vecina y esta a su vez por el mayordomo de la hacienda Casablanca, de la espada de Damocles que pendía sobre su cabeza, Benedicta emprendió viaje a Lima, donde fue recibida por el Presidente de la República.

Tras escuchar su relato, Sánchez Cerro entregó a Benedicta un revólver y como si le quemara estuvo a punto de soltar el arma. El jefe de Estado le dijo que esa era su única defensa y que ante la amenaza del agresor sólo tendría que hacer tres disparos, dos al aire y el tercero a las piernas. Luego de tranquilizarla llamó a su edecán para que disponga lo necesario a fin de que “La Beneda” recibiera instrucciones de tiro. Y debió resultar alumna aplicada, pues bastó un solo disparo para hacer correr al encargado de asesinarla, quien dejó el arma homicida tirada a la entrada de la humilde vivienda.

Pepe Vásquez, el nieto favorito de Benedicta cuenta que a su abuela se le humedecían los ojos y le temblaba la voz cuando contaba estas vivencias, pensaría tal vez en ¡qué habría sido de sus pequeños de cumplirse la condena!, pues ella enviudó muy joven cuando su hijo Carlos “Caitro” Soto no cumplía los siete años. Por eso se vino a Lima, no quería que sus vástagos crecieran en el campo, pasando por lo que ella hubo de pasar, dice Gilda quien también creció escuchando el retumbar de los instrumentos de percusión de su hermano “Caitro”, sin animarse a tocar alguno.

Benedicta de la Colina, falleció en 1984, en la misma fecha y hora que su yerno, el gran Porfirio Vásquez.

“Sánchez Cerro salvó a mi madre”, dice Gilda y cuenta que fue “Caitro” quien se encargó de eliminar el baúl que contenía el revólver y el hacha, entre otros recuerdos que Benedicta guardaba como trofeos de su activo pasado.

* Artículo escrito por Maruja Muñoz Ochoa, activista y periodista afroperuana fallecida en junio último. Gracias por todo querida Maruja...