martes, 23 de diciembre de 2008

ZAPATEANDO

ZAPATEANDO

Yo he visto zapatear desde que tengo uso de razón. Yo creo que el zapateo es peruano pero nunca me he preguntado de donde viene. Pero lo que sí puedo decir es que en Cañete tiene la particularidad que todo es en contrapunto, como las décimas y el alcatraz. Siempre hay u rival y no lo tiene que superar.

Antiguamente había dichos y, por ejemplo, cuando hacían el contrapunto, decían: “Apuesto hasta mi pellejo a la pata de mi tío”. Me contaban que había mucha gente “mocha” porque apostaban un dedo y, si perdían, se lo cortaban. Venían de Chincha a competir con Cañete; cada uno ponía su mejor zapateador.

También se zapateaba entre barios, entre haciendas. Allá salió esa décima:

Anoche jugué y perdí,
lo mismo será mañana;
para jugar y perder,
machete, estate en tu vaina

En su turno el zapateador es libre y siempre zapatea en contrapunto. Cada uno hace su figura, uno por uno, y siempre tiene que hacerla mejor que el anterior. El zapateo tiene sus amarres. Como comienza, así tiene que terminar. si uno lo hace escobillando tiene que terminar igual. Eso se llama amarrar. Antes había reglas más marcadas que ahora. El señor Rangel, un viejo cañetano, siempre nos enseñaba. Nos preparaba para Navidad. Y no era con guitarra, era con violín macho, que no sé por qué le llaman así.

Antes se zapateaba con pie plano. Es el zapateo de chacra, pues había muy pocas veredas. El baile negro, se hacía en las haciendas, donde todo era sembrío. De niño yo zapateaba con todo el pie sobre la tierra, como bailan los Ballumbrosio. Pero en la iglesia era con zapato.

Todo va evolucionando. Lo que está quedando del folclor negro es el festejo. Sin embargo hay lando, panalivio, lamento y todo eso se está perdiendo. El zapateo ya está preparado para el teatro, para el espectáculo, y hoy zapatean con punta y taco, con redobles que no usan todo el pie. Antes, cuando había competencia, se bailaba con los pies descalzos.

Caitro Soto de la Colina

Editor General: Bernardo Roca Rey Miró Quesada
Editor: Gabriel Valle Mansilla
Investigación: Claudia Balarín Benavides
Foto: Eduardo López Velarde

  • De Cajón. Caitro Soto. Carlos Soto de la Colina. Editorial El Comercio. 1995

Contrapunto de Zapateo entre Caitro Soto de la Colina y Eusebio "Pititi" Sirio

Contrapunto de Zapateo entre Rony Campos y Marcos Campos, directores de Perú Negro

ENTRE UNANUE Y ARONA

ENTRE UNANUE Y ARONA
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A la vera de la Carretera Panamericana Sur, en el bien irrigado -fértil- valle de Cañete, a 170 kilómetros al sur de Lima se yergue el Castillo Unanue, singular casa hacienda decimonónica que invita al transeúnte a adentrarse en estas tierras que los incas conocieron como Guarco. Así el viajero -o el turista- puede encontrarse con la Casa Arona y comprobar que el tiempo pasa volando y que allí las edificaciones prehispánicas, coloniales, republicanas y de estos días, tienen huellas arquitectónicas dejadas por milenarios trabajos agrícolas y confrontaciones políticas.
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Este amplio valle llegó a tener en la playa de Cerro Azul, su propio puerto conectado con el indispensable ferrocarril para exportar algodón, y ahora -entre otros recursos- tiene unas casas haciendas que rastrean sus orígenes históricos a cuando el virrey Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, dispuso en 1556 la fundación de una villa de españoles en este lugar. Allí recibió tierras don Lorenzo de Arona, quién así dio nombre a la casa y los campos que expandiéndose o reduciéndose se conocen como la hacienda de San Juan de Arona. Por compra o herencia se le agregaron y7o desmembraron los fundos de Cerro Blanco, Gómez, Pepián así como las tierras Guayabal que luego formaron la hacienda Unanue y Montalván. Estos monumentos están marcados por los avatares del paso del tiempo en general y de la historia particular de los hombres y mujeres que allí vivieron acontecimientos mundiales tales como la Ilustración Europea, la independencia de las colonias de España en América, la abolición de la esclavitud, la inmigración oriental a este lado del Océano Pacífico, la Guerra con Chile y su recomenzar, las Guerras Mundiales y -por supuesto- la Reforma Agraria Peruana de 1970.
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Agustín de Landaburu y Belzunce, español liberal, al morir sin descendencia en Europa -a comienzos del siglo XIX- lega estas propiedades donde había pasado su infancia y juventud, a su ilustre maestro y político peruano Hipólito Unanue y Pavón (1755-1833). Éste compra a Bernardo O’Higgins -prócer independentista chileno- la inmediata hacienda de Montalván que para mediados del siglo XX será propiedad del empresario y visionario político Pedro Beltrán Espantoso, propulsor de la modernización de la tenencia de la tierra y la vivienda en el país.
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DEL CASTILLO UNANUE
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Esta casa hacienda fue edificada en la década de 1840 sobre una huaca -o pirámide trunca prehispánica-, por José Hipólito Unanue de la Cuba, quién a diferencia de su prominente progenitor, era hombre dado a las aventuras del buen viajar así como a satisfacciones y placeres que están al alcance del agricultor próspero. Este poco conocido personaje muere sin descendencia y estos campos con su casa -de estilo ecléctico y hecha de quincha- pasa a sus sobrinos, entre quienes destaca don Eugenio Larrabure y Unanue (1844-1916), diplomático, político e historiador de significativas obras publicadas. Se trataba de un hombre de avanzada, capaz de traer al país novísimas tendencias europeas para entender nuestra diversidad étnica, ya que como primer presidente del Instituto Histórico del Perú -hoy Academia Nacional de la Historia- propuso en 1906 dejar atrás la ancestral huaquería al escribir: ...Aquí cansados estamos de verlo, llega cualquier viajero, toma una cuadrilla de peones y se echa a desenterrar momias y objetos, sin permiso de nadie, como si estuviese en casa propia, para no dejar más que el recuerdo de su paso… Este polifacético personaje contrae matrimonio con Rosa Correa, y encuentra tiempo para cuidar con identidad local y familiar de este monumento, cuya fragilidad estructural, constituye en estos días tanto una válida evidencia de nuestro fragmentado pasado como de la urgencia de su salvaguarda.
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Margarita Larrabure y Correa, se casa con Antonio Ribero Trimouille en 1921, y juntos consolidan un patrimonio económico y cultural que hereda su único hijo. Marjorie Ribero de Gerbolini nos cuenta como -su padre Antonio Ribero Larrabure asumió la instalación de la electricidad así como de agua y desagüe en este señorial inmueble ocupándose de la preservación de sus reminiscencias medievales tomadas de Europa y Asia, y las precauciones que tomaba para restaurar la pintura mural. No evade recordar la dedicación paterna para innovar la tecnología y la producción agrícola aún cuando sabía que Unanue sería una de las primeras haciendas confiscadas por el Gobierno Revolucionario. Este dueño de la Hacienda Unanue fue quién procedió a su entrega completa -incluso con el mobiliario completo- a la Cooperativa Agraria 186.
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Desde entonces nadie ha cuidado del Castillo Unanue, aun cuando es Monumento Histórico desde 1972 y -por lo aquí dicho- excepcional recurso turístico de la zona. Las precarias viviendas construidas de inmediato por los campesinos en los terrenos que se extienden entre la Carretera Panamericana y este singular inmueble, son ahora prueba fehaciente de una incapacidad de cuidar del patrimonio cultural de la Nación y sus áreas de amortiguamiento, que en su día fueron arboleadas.
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Los resquebrajados muros y torreones amenazan desplomarse con el próximo temblor natural o provocado por sus recurrentes turistas, por ahora, los escolares cañetanos que suben y bajan en tropel por las anchas escaleras que fueron hechas para el desplazamiento pausado. En sus habitaciones algún desvencijado mueble a medio depredar atestigua el despojo perpetrado, para -supuestamente- generar prosperidad. El abierto futuro que aquí se proyecta, ya ha interesado a potenciales inversionistas, quienes se desaniman ante la renuncia de sus actuales propietarios -Agrícola Cerro Blanco S.A.- para proceder a su puesta en valor.
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A más de treinta años de la Reforma Agraria, los supuestos beneficiarios de esta expropiación son personas desconfiadas e incapaces de asumir retos y cambios que pudieran incluir tener que salir de allí, como ocurrió con la descendencia Larrabure – Unanue. Apremia romper esta inercia.
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DE LA CASA ARONA
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Esta señorial edificación así como su entorno natural siguió en poder de los descendientes de Francisca Unanue y Pedro Paz Soldán precisamente por que fue declarada Monumento Histórico poco antes de la Reforma Agraria, como cuentan sus propietarios Luis Alayza Grundy y su esposa María Luisa de Losada de Alayza, hija Cristóbal de Losada y Puga, matemático, quien fuera director de la Biblioteca Nacional desde 1948 hasta su muerte, en 1961. Este ingeniero agrónomo e hijo de Francisco Alayza Paz Soldán se instaló en 1952 -con su familia- en la desmantelada propiedad colonial luego de estar setenta años alquilada; para comenzar con la recuperación del campo, sus linderos y acequias, poco a poco a fueron rearmando la casa de sus ancestros y el mobiliario. La emoción de esta salvaguarda tocó la identidad familiar de Elvira Garezón Paz Soldán (hija de Pedro Garezón, último comandante del monitor Huáscar), quién les obsequia unos muebles de cuero con monograma, una inmensa mesa de comedor, y -entre otras cosas- unos jarrones chinos.
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Los esposos Alayza -en su tercera edad y acompañados de su hijo Roberto- nos han acogido en el amplio patio corredor de entrada de su hogar en Arona, nos han llevado a la capilla presidida por la imagen de la Virgen de la Asunción que Fernando VII, Rey de España, regalara a Hipólito Unanue, hemos entrado a la señera biblioteca; de su sala engalanada con óleos y fotografías familiares hemos pasado a almorzar en el alargado comedor con sus floreros repletos de geranios rojos, acogedores y propiciadores de una fluida conversación que no soslaya el abrumador contraste entre la Casa Arona y el Castillo Unanue.
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En la despedida gravita el cómo se cerrará esta brecha.
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  • BIENVENIDA. Turismo Cultural del Perú
  • Texto: Mariana Mould de Pease. Historiadora especializada en la conservación y uso del patrimonio cultural.
  • Fotos: Roberto Fantozzi

VIDEO CASTILLO UNANUE

VIDEO CASA HACIENDA ARONA

lunes, 8 de diciembre de 2008

SEGUNDO AÑO DE CAÑETE ARTE NEGRO

Estimados amigos:

CAÑETE ARTE NEGRO cumple hoy dos años y quiero agradecer a todas aquellas personas que hacen que este blog siga adelante. Agradecimiento muy especial para mi familia, y para quienes me han ayudado en todo esto tiempo:

Santiago Venturo Ferré
Jorge Brignole Santolalla
Isabel Ayaucán Silva
Percy Castañeda Arrellano
Antonio Ruiz Tovar
Antonio Quispe Rivadeneyra
María Julia Tagle Facho
Pedro Flores Ruiz
Rafael Santa Cruz
Octavio Santa Cruz Castillo
Lucila Campos
“Rony” Campos
Pedro Martínez Muñante
Pedro Martín Ochoa de la Cruz
3i Noticias
José López Cubillas
José López Chumpitaz
Julio Luna Obregón
Fernando Camacho Vega
Wilfredo Cayllahua León
Fernando Patrón Miñán
Alfredo Valiente
Ana Soto Mendoza
Fernando López
Francisco Cama Sánchez
Jorge Luyo Yaya
Víctor Sánchez Cama
Iraida Lisboa
Willy Noriega
Juana Luz Navarro Coello
Olga Benavente Huapaya
Adolfo Venturo Schultz
Efraín Rozas
Carlos Camarino Conde
María Luisa Herrera
Manuela Reyes Loyo
Jorge Ángel Guerrero Fernández
José Charún
Luis Baca
Walter Fernando Mendoza Petrovich
Verónica Aburto Yataco
Sergio Elvis Aburto Muñante
Carmen Chumpitaz
Fernando Elías Llanos
Juan Raúl Castillo Nonones
Sixto Aguilar Meneses
Karen Juanita Carrillo
Maruja Muñoz Ochoa
Zoyla Alicia Esterripa Flores
José Dulanto Inohuye
Patricia Gámez
Miguel Ángel Espinoza Borja
Pablo Calderón Uzurín
Luis Adams Arata
Ana Napán Yactayo
Manuel Acuña
Carlos Quiroz
Marcela Cornejo Díaz
Michael Martínez
Roberto Puémape Cama
Ada Quispe
Antonio Palomino
Jesús Torres Chiok
José Carlos Paredes Robles

A todos ellos y al público usuario en general muchas gracias. Espero que nos sigan acompañando por mucho tiempo. ¡ARRIBA CAÑETE SEÑORES!

Eduardo Campos Yataco
lalitocy



LUCHAS Y PASIONES: EL SIGLO XXI SUENA CON TAMBORES

LUCHAS Y PASIONES: El siglo XXI suena con tambores

El historiador cubano Manuel Moreno Fraginals recuerda una frase que resume en muchos sentidos el clima de asfixia y pasión en el que se desarrolla la cultura africana en nuestro continente: "El problema aquí es no morirse". Signada por la urgencia más extrema, golpeada por la violencia física y psicológica de la esclavitud, la comunidad negra hizo de la expresión musical un espacio de supervivencia moral desde su establecimiento en América. Un espacio que se convertiría, entrado el siglo XX, en el más potente y variado abanico de manifestaciones musicales del mundo: el blues, el jazz y el rock and roll en Estados Unidos; la zamba en Brasil; el son, el mambo y el guaguancó en Cuba; el merengue en República Dominicana; el candombe en Uruguay, etcétera.

¿Cómo fue la cosa entre nosotros? Para el maestro Octavio Santa Cruz, guitarrista y especialista en tradiciones musicales del Perú, lo que hoy llamamos música afroperuana tiene una presencia real desde la Colonia, pero es una presencia ambivalente. "Conforme la noción de lo criollo va ampliándose y reconfigurándose en la sociedad, la cultura negra empieza también a transformarse y a introducirse como un elemento importante en ese complejo proceso de mestizaje".

Según Santa Cruz esa ambivalencia se sostiene en el aspecto social: la población negra, marcada por la marginalidad de un estatus inferior, ve cómo su acervo cultural impregna al país sin poder sentirse parte del fenómeno.

Igual que en el caso del blues estadounidense, la génesis de la música afroperuana está en el campo, en las largas y tortuosas jornadas de trabajo. Santa Cruz explica que esas expresiones musicales originarias surgieron de modo absolutamente espontáneo, como una forma de marcar el ritmo en la actividad laboral --el corte de la caña, por ejemplo-- y de aligerar la monotonía y el malestar del trabajo forzado.

"También es probable que haya habido una serie de cantos más dramáticos, en los que se hacían explícitas la tristeza y la opresión. Cantos improvisados en el galpón, a espaldas de los capataces". Nada de esos cantos ha sobrevivido hasta nuestros días seguramente porque eran vistos como propulsores de subversión y, en consecuencia, censurados, prohibidos.

Santa Cruz pone el ejemplo del panalivio. "Al parecer el panalivio era un canto rebelde, muy intenso, fuerte, y sin embargo lo que ha llegado hasta nosotros es un tipo de tonada dulzona, cadenciosa. Yo imagino que ha sufrido todo un proceso de transformación para subsistir, y probablemente por eso se parezca poco al original".

Pero la censura no respondió solo a una estrategia práctica de represión. Con el tiempo fueron apareciendo una serie de reparos y trabas de orden moral. A mediados del siglo XIX algunos bailes de innegable carga sensual, como la zamacueca o la mozamala, empezaron a introducirse en la sociedad criolla, pero generaron situaciones complicadas, pues se tachó de 'pecaminoso' a todo aquel que los practicaba.

A inicios del siglo XXI vemos que el mestizaje ha sido inevitable. Y ciertamente provechoso. Como dice Luis Delgado Aparicio en el libro "Lo africano en la cultura criolla": Hemos vivido "el triunfo cosmopolita y universal del tambor". Pero también se ha perdido mucha información cultural valiosísima: géneros musicales enteros han desaparecido, víctimas de esa vieja cadena de censuras, o de indiferencia y desidia.

En los últimos treinta años la cultura afroperuana se ha visto revalorada en gran medida por la magnífica obra de los hermanos Nicomedes y Victoria Santa Cruz, y hoy la comunidad negra no solo brega desde los territorios de la creación musical y artística sino también desde la reflexión académica y la intervención política. Y la lucha continúa. (D.O.)

El Dominical. El Comercio

Domingo 16 de noviembre del 2008

Jorge Paredes

RITMO Y COLOR: LA ESCRITURA NEGRA

RITMO Y COLOR: La escritura negra

Tras centurias de infortunio y segregación para su raza, la población afroestadounidense recién abordó los cenáculos de la cultura oficial entre 1920 y 1930. En la década de los 20, la comunidad negra de Harlem, en Nueva York, desbordaba en su creatividad artística, principalmente por el apogeo del jazz y del rhythm & blues. Músicos como Duke Ellington o intérpretes como Bessie Smith eran acogidos como estrellas, aún fuera de EE.UU. Con ellos renacían, también, la danza y el teatro de raíces negras.

Esta ebullición cultural propició el surgimiento del llamado Renacimiento de Harlem con el que narradores y poetas de estirpe negra ingresaron de lleno a la Literatura estadounidense. Su principal influencia era la música popular negra que les dictaba ritmos sincopados, imitación de sonidos e improvisaciones, similares al jazz. Los poetas pioneros en esta exploración fueron Carl Dunbar y Langston Hughes, que en su poesía hablaban del orgullo racial y exhortaban a cultivar una tradición cultural afronorteamerticana. La impronta de este movimiento es tal que más tarde influiría a la generación beat y muy recientemente a los trovadores populares de música rap.

El Renacimiento de Harlem también era heredero de los "spirituals" que se cantaban durante las ceremonias religiosas de la comunidad negra y del folclor de los esclavos negros en general. Otros representantes de este movimiento fueron Zora Neale Hurston (novelista y antropóloga), Nella Larsen (novelista), Jessie Fauset (editor, poeta, ensayista y novelista), Countee Cullen (poeta), Claude McKay (poeta), James Weldon Jonson (poeta), Arna Bontemps (poeta) y Richard Bruce Nugent (poeta), entre otros.

En los años 50 y 60 el movimiento de escritores negros participó de manera entusiasta en la lucha por los derechos civiles de su comunidad y produjo una literatura fuertemente política, que se extendió hasta principios de los años 70, sobre todo entre los poetas. De esos años el vate más celebrado fue LeRoi Jones (que se rebautizó como Imamu Amiri Baraka) y le seguían June Jordan, Dudley Randall, Nikki Giovanni, Naomi Long Madgett, Mae Jackson, S. E. Anderson, Etheridge Knight, A.B. Spellman o James Emmanuel (que tiene un célebre poema llamado "Pantera negra", de simbólica alusión al movimiento radical negro del mismo nombre). El corte político de sus poemas no disminuyó la musicalidad ni el brío de sus predecesores, empleando además el sarcasmo, el verso corto, la polirritmia y una emotiva intensidad.

Otros ámbitos

Curiosamente, en los años 20, en las regiones de África de influencia colonial francesa se produce también un gran movimiento que origina la aparición de poetas y narradores africanos de valor. En 1920 aparece en Senegal un libro para niños que funda esa expresión, Les Trois Volontés de Malic, del escritor Ajmadú Mapaté Diagne. La eclosión de los poetas y escritores que rápidamente se sucedieron va aparejada con obras como la del poeta galo Blaise Cendrars, que de niño había vivido en Egipto, quien publica su "Antología negra", fuertemente influido por esa cultura, en 1921.

La ebullición de la cultura negra se expande a otros continentes. En 1928 se inicia en Cuba el "negrismo" cubano, también influido por la música de la isla (principalmente el son) y por la santería de la tradición abakuá, como bien ha observado Alejo Carpentier. En 1930 aparecerá el poemario "Motivos del son" del emblemático Nicolás Guillén, y al año siguiente su no menos célebre "Sóngoro Cosongo".

En el Perú, que también tiene lo suyo, el más celebre representante de las letras afroperuanas es el decimista Nicomedes Santa Cruz. Con él figuran Gregorio Martínez (y su espléndida novela "Canto de Sirena"), el chinchano Antonio Gálvez Ronceros (con el emblemático "Monólogo desde las tinieblas") y el poeta cañetano Enrique Verástegui, de afán más cosmopolita. (E.S.H.)

El Dominical. El Comercio

Domingo 16 de noviembre del 2008

Jorge Paredes.

  • Foto: 3i Noticias

ÁFRICA EN AMÉRICA: LAS RAÍCES DE UN CONTINENTE

ÁFRICA EN AMÉRICA: LAS RAÍCES DE UN CONTINENTE
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Las raíces de un continente. El aporte africano en América ha sido silenciado por mucho tiempo. Recién en las últimas décadas diversos estudios han destacado su innegable valor en la formación de nuestra cultura. Una mirada a la luz del arribo del primer presidente afroamericano a la Casa Blanca.
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Por Jorge Paredes
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El primer negro que ingresó al Perú formaba parte de la expedición de Pizarro. Era un guineano, esclavo de Alfonso de Molina, uno de los Trece del Gallo. El español desembarcó en Tumbes con dos cerdos, un gallo y varias gallinas, pero lo que más llamó la atención de los indios fue la piel negra del esclavo. Cuenta la leyenda que le ofrecieron agua para que se lavara, pero su color no cambió. Los indios lo miraron con más sorpresa aún. Simplemente, no lo podían creer.
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No existen cifras exactas de la magnitud del comercio esclavista en América, pero desde mediados del siglo XV por lo menos 10 millones de africanos desembarcaron en las costas del Nuevo Mundo, número engañoso si se tiene en cuenta que tres esclavos de cada cuatro morían en el trayecto. Un crimen de lesa humanidad que nunca ha sido reparado y que sin el cual no se habrían levantado los imperios ingleses, franceses, holandeses, españoles y portugueses en el continente. Carlos Aguirre menciona en "Breve historia de la esclavitud en el Perú" que unos 660 mil africanos llegaron a Estados Unidos, 4 millones al Brasil y un millón 600 mil a la América española. El resultado: estos hombres y mujeres con su variedad de lenguas, nacionalidades, culturas, ritos y costumbres transformaron cada una de las regiones que pisaron, desde Canadá hasta la Patagonia. Desde el cautiverio, los negros configuraron la identidad del Brasil actual, el segundo país en el mundo con mayor población negra, también modelaron la cultura musical de Cuba, Jamaica y de toda Centroamérica y el Caribe, potenciaron la industria algodonera del sur de Estados Unidos, y trabajaron hasta la muerte en las casas, haciendas y minas de América del Sur.
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Sin embargo, su aporte permaneció oculto por siglos. Fue invisible para Vasconcelos en México y minimizado por Mariátegui en el Perú, para citar a dos notables pensadores. Recién en los últimos cincuenta años diversos estudios han puesto énfasis en ello como un descubrimiento de esa raíz cultural oculta del continente.
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"Yo hablaría de una cultura indoafrosinoamericana", dice el antropólogo Humberto Rodríguez Pastor, autor del libro "Negritud. Afroperuanos: resistencia y existencia". Con esta expresión, él pone acento en las influencias autóctonas, africanas y chinas en la configuración de las Américas. Más allá de la música, que es la contribución más visible, el aporte de los afroamericanos está en muchos otros aspectos de la vida y la cultura del continente, en algunos casos de forma anónima. "En la gastronomía, ellos no trajeron plantas ni condimentos, pero aportaron su sazón. La comida criolla americana tiene gran influencia negra. Todas las iglesias de Lima fueron construidas por negros, que no se sepa sus nombres es otra cosa. Y ni hablar de Pancho Fierro o de José Manuel Valdés (1767-1843), que fue el médico más importante de Lima a fines de la Colonia e inicios de la República, en un tiempo en que los curanderos negros tenían gran prestigio", dice Rodríguez Pastor. La historia de Valdés es interesante porque fue hijo de un músico y una mulata libre, y a causa de su color solo pudo obtener el título de bachiller de Medicina. Sin embargo, hizo importantes aportes para contrarrestar las epidemias en Lima. Fue catedrático del Colegio de Medicina, participó en las luchas independentistas, y destacó como historiador (escribió una biografía de Fray Martín de Porres) y teólogo.
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La negritud
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Las luchas de los negros por sus derechos son tan antiguas como la propia esclavitud. En 1609 se estableció en Veracruz, México, el primer pueblo libre del continente gracias a la rebelión de los esclavos. Haití fue el primer país independiente de América (1804) por el mismo motivo y en épocas contemporáneas las luchas civiles de los negros en Estados Unidos han repercutido en todo el continente. El 'Black Power' de Jamaica tiene componentes políticos y culturales, representado en la música reggae; y en Brasil existe un sólido movimiento de conciencia negra al igual que en Colombia.
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"Nosotros partimos del concepto de diáspora", dice Mónica Carrillo, joven directora de Lundu, un centro de estudios y promoción afroperuanos. "Esta dispersión forzada de la población africana ha hecho que hoy seamos 150 millones de afrodescendientes en las Américas. "Es importante entender --continúa-- que la palabra negro ha sido una construcción realizada por los colonizadores, como oposición a lo blanco. Nace con una carga negativa que implica lo malo, lo sucio, lo abyecto. Por eso en el camino le hemos ido dando un sentido positivo. Ahora podemos decir que somos parte del movimiento negro, pero preferimos usar el término afrodescendiente que remite a nuestro origen africano y trasciende el color de piel".
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Palenques y cofradías
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La ruta cultural africana en América tiene dos líneas muy marcadas: la religión y la música. Tal vez el primer escape a la opresión estaba en esa resistencia secreta al dios impuesto por el cristianismo, al cual se le dotó de ritos y poderes que remitían al África ancestral. La santería en Cuba y sus orichás (dioses), el candomblé en el norte del Brasil y en las Guyanas, el vudú en Haití o la macumba en Bahía (Brasil) remiten a un sincretismo de manifestaciones religiosas, alimentadas también por las culturas locales indígenas. Por ejemplo Shangó, el dios del rayo, de la guerra y de la música, se convirtió en Santa Bárbara, Ochún en la Virgen de la Caridad o Yemayá, la reina del mar, en la Virgen de Regla y Babalú Ayé en San Lázaro.
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Esta religiosidad cargada de sentido místico y de resistencia estaba asociada a la danza y la música, y se desarrolló en esos espacios liberados que los cimarrones (esclavos fugitivos) establecieron en los montes de Ecuador, Colombia, Brasil o Las Antillas. Estos palenques o quilombos (tal como se les conoce en Brasil) fueron claves para el proceso de preservación y sincretismo de las culturas africanas.
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Como señala Mónica Carrillo, en Ecuador estaba toda la región de Esmeraldas, cuyo lema hasta la actualidad es "rebelde por libre y por libre nunca esclava", o Palmares en Brasil, donde se celebra el día de la conciencia negra, o San Basilio, en la costa norte de Colombia, territorio liberado hasta bien entrado el siglo XX.
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Si bien el territorio se convirtió en un foco de resistencia, en el Perú el fenómeno no fue tan marcado. "Primero por la geografía", dice Humberto Rodríguez Pastor, "nuestra costa es árida por eso los palenques fueron muchos y pequeños, el más conocido era el de Huachipa, que no agrupaba a más de 40 negros".
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Otro punto central es que los esclavos que llegaron al Perú no pertenecían a una sola etnia, como en Brasil, sino que eran comprados en mercados de Panamá y Cartagena. Eran de grupos diversos (un artículo del "Mercurio Peruano" habla de terranovos, lucumés, mandingas, cambundas, carabelíes, cangaes, chalas, huarochiríes, congos y mirengas), hablaban lenguas diferentes y muchos habían nacido en América. Por eso se les daba una clasificación gruesa: bozales (los que venían de África) y ladinos (los que conocían el castellano). Aquí su organización giró, por eso, alrededor de las cofradías, que eran hermandades reunidas alrededor de un santo. Hacia 1619 existían diecinueve de estas comunidades en Lima y la más conocida fue la que dio origen al Señor de los Milagros.
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"Recién en los últimos años", cuenta Mónica Carrillo, "los jóvenes afrodescendientes peruanos han tenido un acercamiento a las religiones africanas a través de la música cubana moderna, conocieron a Shangó a través de Celina y Reutilio y a la religión yoruba a través de grupos de timba".
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Tareas pendientes
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La deuda con la cultura africana es impagable. Y todavía falta mucho por reconocer y aceptar. Pocos saben, que términos como "quimba", "banana", "conga", "mambo", "mucama", "tocayo", tienen raíces africanas.
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Otro dato: Garret Morgan, un afroamericano, fue el inventor del semáforo en 1923. Después vendió los derechos a la General Electric por solo 40 mil dólares.
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Sin embargo, en muchos países de América existe todavía un racismo latente. En Brasil esta práctica está penada, y en el Perú las medidas se reducen solo a evitar la discriminación en lugares públicos. Por eso el triunfo del demócrata Barack Obama en Estados Unidos ha sido visto también aquí como una reparación, como una nueva oportunidad de cambio. "Mi madre", confiesa Mónica Carrillo, "lloró con la noticia. Agradeció a Dios el haberle dado vida para verla, y recordó la vez que fue a un hospital y un médico se negó a atenderla porque era negra".
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El Dominical. El Comercio.
Domingo 16 de noviembre del 2008.
Jorge Paredes
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Evolución. La cultura africana ha pasado por distints etapas, recién ha comenzado a ser reconocida y aceptada en las últimas decadas del siglo XX. Caitro Soto, la imagen del cajón peruano.
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Ilustres. Familias como los Ballumbrosio y los Santa Cruz son emblemáticas de lo afroperuano.









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Sabor afroperuano. La cultura afroperuana tiene en las tradiciones de Cañete y Chincha, en el sur, y de Yapatera, en el norte, su más genuina expresión.




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Fotos
  • Eduardo López
  • Lorry Salcedo
  • Octavio Santa Cruz
  • Percy Castañeda
  • Kateryn Hidalgo